martes, 15 de julio de 2014

Silvia Schujer por Grecia y Verónica (Comisión B del ISPEI SARA ECCLESTON )

Ella es una escritora Argentina  especialista en Literatura Infantil.
Nació en la Provincia de Buenos Aires, en Olivos  el 28 de diciembre de 1956  vivió toda su infancia ahí. Desde los 16 años, cuando se mudó a Capital, no se fue más. Paso por todos los barrios porteños porque se mudó muchas pero muchas veces.... 
La decisión de que escribiera no estaba en precisamente en sus planes, sino que empezó a escribir porque quería conquistar a su hermano, que era el "verdadero"  escritor de la familia. Pero se fue dando cuenta de que era la manera en que mejor podía expresar lo que le pasaba, lo que tenía que decir.
Y siguió por ese lado... escribe que te escribe...
 Tuvo un hijo muy joven, y como no sabía hacer ni un huevo frito y quería calmar su apetito, solía cantarle canciones que ella le inventaba. Le Salía mucho mejor que la comida. Se puso a estudiar Letras, también; un taller literario durante dos años, que fue muy importante para ella porque aprendió mucho.
Empezó a trabajar en un diario llamado La Voz, a partir de ahí encontró en la literatura infantil, un lugar, un espacio, una abanico gigantesco. Se dio cuenta de que si escribía  podía salir de la realidad e ir hacia un  mundo fantástico y luego volver al mundo real. Y allí terminó encontrando su lugar. Y desde entonces escribe, escribe, escribe…
Con más de sesenta  libros, entre los más importantes nombramos las siguientes:
Cuentos:
·         Cuentos y chinventos: Un abrigo para el sol; Anacleta mofleta (chisvento); países, ciudades, pueblitos y habitantes; El malvado emperador; Palabruja (chisvento); la lana y la luna (chisvento)
·         Márilin nunca aprendió a nadar
·         Brujas mellizas
·         La abuela electrónica
·         El monumento encantado
·         El tren más largo del mundo
·         Preciosaurio
·         Las visitas
·         Mucho perro
·         El astronauta del barrio
·         La mesa, el burro y el bastón
Poesías:
·         Abracadabra
·         Palabras para regalar
·         Contame un cuento
·         Pájaros en la cabeza

¿Qué les parece si compartimos dos de sus historias?


Mi abuela funciona a pilas. O con electricidad, depende. Depende de la energía que necesite para lo que haya que hacer.

Si la tarea es cuidarme cuando mis padres salen de noche, la dejan enchufada. La sientan sobre la mecedora que está al lado de mi cama y le empalman un cable que llega hasta el teléfono por cualquier emergencia.

Si en cambio va a prepararme una torta o hacerme la leche cuando vuelvo del colegio, le colocamos las pilas para que se mueva
con toda libertad.

Mi abuela es igual a las otras. En serio. Sólo que está hecha con alta tecnología. Sin ir más lejos, tiene doble casetera y eso es bárbaro porque se le pueden pedir dos cosas al mismo tiempo. Y ella responde.

Mi abuela es mía.

Me la trajeron a casa apenas salió a la venta. Mis padres la pagaron con tarjeta de crédito a la mañana, y a la tarde ya estaba con nosotros.

Es que mi familia es muy moderna. Modernísima. A tal punto mi mamá y mi papá están preocupados por andar a la moda que no guardan ni el más mínimo recuerdo. De un día para otro tiran lo que pasó a la basura.

A lo mejor es por eso, ahora que lo pienso, que tengo tan mala memoria y no puedo acordarme entera ni siquiera la tabla del dos.

Desde que la abuela está en casa, sin embargo, las cosas en la escuela no me van tan mal.

Para empezar, ella tiene un dispositivo automático que todas las tardes se pone en marcha a la hora de hacer los deberes. Es así: se le prende una luz y se acciona una palanca. Abandona automáticamente lo que está haciendo y sus radares apuntan hacia donde estoy. Entonces me levanta por la cintura y me sienta junto a ella frente al escritorio. Ahí empezamos a resolver las cuentas y los problemas de regla de tres. O a calcar un mapa con tinta china negra.

Aunque nadie se lo pida, mi abuela lleva un registro exacto de mis útiles escolares. Por otro lado, le aprieto un botón de la espalda y el agujero de su nariz se convierte en sacapuntas. Le muevo un poco la oreja y las yemas de los dedos se vuelven gomas de tinta y lápiz.

Tener una abuela como la mía me encanta. Sobre todo cuando está enchufada, porque así puede gastar toda la energía que se le dé la gana y no cuesta demasiado mantenerla, como dice mi papá, que además de moderno es un tacaño y sufre como un perro cada vez que a mi abuela hay que cambiarle las pilas.

Casi todas las noches yo la enchufo un rato antes de irme a dormir. Así me cuenta un cuento. O lo hace aparecer en su pantalla para que yo lea mientras ella me acaricia la cabeza.

Sabe millones. Basta colocarle el disquete correspondiente (porque también viene con disquetera) y en cuestión de segundos empieza con alguna historia. Como es completamente automática, se apaga sola cuando me duermo.

Cuando mi abuela me cuenta un cuento o me canta algunas canciones, yo me olvido de que es electrónica.

Más que nunca parece una persona común y silvestre. Y es que además tiene una tecla de memoria que le permite escucharme. Yo puedo contarle cosas y, oprimiendo esa tecla, ella archiva toda la información: al final sabe de mí más que ninguno.

Me gusta tener a mi abuela. Aunque salir a pasear con ella me traiga algunos inconvenientes: los que no son tan modernos como mi familia nos miran mucho en la calle. Y se ríen.

O quieren tocarla para ver de qué material es.

Ven algo raro en sus movimientos... o en su cara, no sé.

Creo que las luces que tiene en los ojos no son cosa fácil de disimular.

A mí me encanta tener esta abuela.

Hace unos días, sin embargo, mi mamá dijo que quería cambiarla por un modelo más nuevo. Dice que salieron unas más chicas, menos aparatosas, con más funciones y a control remoto.

La idea no me gusta para nada. Porque, aunque es cierto que estoy bastante acostumbrado a los cambios, con esta abuela me siento muy bien.

Las habrá mejor equipadas, ya sé. Pero yo quiero a la abuela que tengo. Y es que, aparte, cada vez me convenzo más de que ella también está acostumbrada a mí.

A decir verdad, desde que en casa están pensando en cambiar a la abuela, yo estoy tramando un plan para retenerla.

Sí.

De a poquito la estoy entrenando para que pueda vivir por sus propios medios. Para que no deje que la compren y la vendan como si fuera una cosa, un mueble usado.

Los otros días le desconecté la luz de los ojos y ahora le estoy enseñando a ver. Vamos bien.

También le estoy enseñando a ser cariñosa sin el disquete.

Ésa es la parte que me resulta más fácil; a lo mejor porque me quiere, aunque ella todavía no lo sepa.

Pienso seguir trabajando.

Mi objetivo es que aprenda a llorar. A llorar como loca. Y lo más pronto posible, así el día que se la quieran llevar como parte de pago para traer una nueva, el escándalo lo armamos
juntos...



DOS AMIGAS FAMOSAS
¿Que si habían sido amigas antes? Para nada! No se podían ni ver. Se la pasaban peleando de un cuento a otro como perro y gato1. Desde que las habían puesto en el mismo libro, Caperucita y Cenicienta no hacían más que insultarse, sacarse la lengua espiarse con maldad2.
-Sos una tonta! Solía decirle la Cenicienta y repetía que solo a una tonta se la comen los lobos.3
-Y vos una fregona! Le contestaba Caperucita enojadísima.4
Y como en estos casos, en los demás tampoco perdían oportunidad de hacerse rabiar hasta las lágrimas. Cada vez que Caperucita Roja llegaba a la parte del cuento en que debía juntar flores del bosque para su abuelita, Cenicienta le pateaba la canasta y salía corriendo. Y cada vez que podía Caperucita ensuciaba las páginas del cuento de Cenicienta para que su horrible madrastra la hiciera limpiar más y más.5
¿Todo por qué? Quién sabe, nadie en aquel libro lo entendía.
Una vez tirándose de los pelos rodaron hasta el prólogo y de la fuerza con que cayeron arrancaron las tres primeras páginas. Tal fue el bochinche, que entre dimes y diretes, flautas y pitos, por fin se decidió echarlas.
-Fueraaa! Fueraa! Fueraa! Fueraa! Gritaron a coro los siete enanos de Blanca Nieves.6
Y como Cenicienta y Caperucita, no se movieron fue el propio Gato con Botas7 quien las puso de patitas en la calle, de patitas en los estantes para ser más exactos. Porque el libro del que las habían echado estaba en un estante de una librería.
Cada una por su lado se aferraron a un tablón como pudieron y empezaron a bajar con rumbo al piso.
-Mamita querida! Susurro una de ellas.
No conocían la vida fuera del libro así que en realidad estaban mas asustadas que cocodrilo en el dentista8. Por otra parte recién cuando tocaron el suelo se dieron cuenta de los chiquititas que eran en relación a la personas, apenas si llegaban al tobillo de los chicos. Y esto que al principio pareció maravilloso para que no las descubrieran, no tardó en convertirse en flor de problema. Eran tan pero tan chiquitas que la gente al caminar estaba siempre a punto de pisarlas sin querer.
Habrá sido del susto, que sin darse cuenta, se fueron acercando una a la otra hasta darse la mano. Un poco más seguras entonces frente al peligro, salieron a la calle y lograron por fin dar un paseo. Entre zapato y zapatilla disfrutaron de la tarde como nunca, como amigas mejor dicho. Hasta que una hormiga distraída que pasaba las confundió con otras hormigas y se acercó para hablarles. Al ver a ese enorme bicho negro, fue tal el horror de Caperucita y Cenicienta que huyeron despavoridas. Corrieron y corrieron desesperadas y entre saltos y caídas, piernas y zapatos, llegaron a la librería, y sin saber en cual, se metieron en el primer libro que encontraron. Era uno para grandes, de esos que están llenos de letras y no tienen un dibujo ni por casualidad. Se escondieron detrás de una palabra, y allí se quedaron arrinconadas, quién sabe cuánto tiempo. Es ahí donde yo las descubrí una tarde mientras leía un libro recién comprado. Estaban juntas, apretaditas, entre dos palabras dificilísimas.
  - Qué hacen en esta novela? - les pregunté. Y entonces ellas me lo contaron todo, con lujo de detalles. Y que se habían hecho tan amigas en esos días, que no querían volver más hasta sus cuentos.
   -“Ahá” - Pensé, Y ahí nomás decidí escribir esta historia. Papel y lapicera en mano, un cuento nuevo donde Caperucita y Cenicienta no se tendrán ya que separar.





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Mi foto
Licenciada y profesora en Letras Modernas, egresada de la UNIVERSIDAD NACIONAL DE CÓRDOBA.ESPECIALISTA EN LITERATURA ARGENTINA. Especialista en Investigación Educativa. (ISP Joaquín V. González) Especialista en Litertura Infantil y Juvenil (CEPA) Actualemnte se encuentra cursando la Maestría en Análisis del Discurso (UBA) Publicó numerosos artículos y ensayos para diferentes sellos editoriales (Cántaro, Puerto de Palos, Paidos, revistas del ISPEI Sara Eccleston) En el 2012 su blog Entre el mouse y la tiza recibió el PRIMER PREMIO A LOS BLOGS EDUCATIVOS otorgado por la UNIVERSIDAD NACIONAL DE BUENOS AIRES (UBA) A raíz de ese premio fue convocada por distintos medios periodísticos. Durante 2013 el mismo blog resltó ser finalista de dicho concurso. En estos momentos se encuentra abocada a la investigación y la escritura de un ensayo en colaboración con la Lic. Cristina Olliana.

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