lunes, 15 de octubre de 2007

El lenguaje en el niño de edad preescolar

Enfocaremos la evolución del lenguaje en el niño desde la óptica de Jean Piaget; no parece ocioso recordar que el valor y el significado de las etapas que investigó y sistematizó radican en la relación lógica, y no cronológica, que tienen entre sí.


Al comenzar su vida, el recién nacido cuenta con un repertorio limitado de estructuras conductuales, básicamente ligado a lo somático e integrado por un conjunto de reflejos que constituyen su bagaje hereditario. En sus dos primeros años, es decir, durante el período sensoriomotriz, amplía rápida y notablemente sus esquemas de acción, hasta ser capaz de interactuar de manera eficaz con las personas y los objetos de su entorno, utilizando medios para la consecución de objetivos. Una adquisición marca el fin de este primer período; la instauración de la función simbólica inaugura la etapa preoperacional, que se extiende desde los dos hasta los siete años, y que le permite concebir relaciones entre personas y objetos que no se encuentran dentro de su área inmediata de acción. Piaget subdivide esta etapa en otras dos: entre los dos y cuatro años se conforma lo que llama pensamiento simbólico y preconceptual, y entre los cuatro y los siete, lo que denomina pensamiento intuitivo. En la construcción del razonamiento lógico, a la vez destino del proceso de la inteligencia e inicio del despliegue pleno del individuo en el mundo, veremos que el lenguaje no sólo acompaña sino que contribuye notablemente a ese desarrollo.
La representación
El advenimiento de la función simbólica, y el desarrollo de procesos cognoscitivos y mentales nuevos, posibilita que algo represente o reemplace a otra cosa que no se halla en «el aquí y ahora». Operando sobre este nuevo nivel, el niño ya es capaz de evocar experiencias previas. No se halla restringido a actuar sobre cosas que están en su medio ambiente inmediato y concreto. La imitación, que surge en un primer momento coincidiendo espacial y temporalmente con determinado fenómeno, se interioriza y se hace diferida –como producto final del período anterior–; esta imitación diferida denota el desarrollo de símbolos mentales que le permiten, por ejemplo, intuir el desplazamiento invisible de un objeto, y es indicativa de un cierto esbozo de concepto del mismo. Estos símbolos-imagen operan como un conjunto de acciones, objetos y hechos que se relacionan entre sí de manera privada y exclusiva. El niño puede trascender las restricciones del espacio y del tiempo, y organizar un tipo de pensamiento que Piaget llama preconceptual; pero los símbolos, en su terminología, son significadores personales, íntimamente ligados a la experiencia individual, y guardan semejanza con aquello que representan; es decir, constituyen un sistema personal de significados. El niño todavía distorsiona el lenguaje para adaptarlo a su propia estructura mental. Hace falta que esos símbolos se conecten con signos, ya no parecidos a su referente, que están sometidos a convencionalismos y cuyo fin es el de facilitar la comunicación. En esta evolución el lenguaje hace su contribución a la paulatina maduración del pensamiento, que culminará en la posibilidad de razonar lógicamente, lo que de manera formal recién comenzará a ocurrir alrededor de los doce años.
El pensamiento intuitivo
Por ahora tenemos a un niño de entre cuatro y siete años y falta recorrer mucho camino. La inteligencia se mantiene en estado prelógico, y el pensamiento intuitivo, que lo conducirá hasta el umbral de las operaciones concretas, es todavía un modo casi simbólico de pensamiento que no controla los juicios sino por medio de regulaciones intuitivas. La intuición conlleva un progreso sobre el pensamiento preconceptual: guía hacia un rudimento de lógica pero bajo la forma de regulaciones representativas y no aún de operaciones. El pensamiento intuitivo imita las acciones reales mediante experiencias mentales imaginadas; más aún, la intuición es un pensamiento imaginado y, desde el punto de vista psicogenético, la lógica de la primera infancia. No hay todavía mecanismo propiamente operatorio, porque, aunque articulada, la intuición se centra en una sola variable por vez, y es rígida e irreversible. El paso de una sola centración a otras dos sucesivas anuncia la operación, y en cuanto razone sobre dos relaciones a la vez, el niño deducirá, por ejemplo, la conservación.
Recapitulando, cuando hablamos del período preoperacional y más precisamente de la etapa que va de los cuatro a los siete años, nos estamos refiriendo a un niño que se ha transformado desde un organismo casi totalmente dependiente de su dotación biológica hereditaria, inmerso en un universo caótico, no diferenciado, pero aún así él mismo como centro de ese universo, en una persona capaz de pensamiento simbólico e intuitivo: no desaparecen ni las actividades sensomotrices ni las simbólicas, sino que éstas se han integrado en esquemas de un nivel de complejidad mayor. El camino que queda por recorrer, en definitiva, no es otra cosa que la paulatina salida del egocentrismo inicial: ahora deberá descentrar su pensamiento, de la misma forma en que antes descentró su conducta. Piaget atribuye ciertas características al pensamiento en este período, como el sincretismo (tendencia a agrupar varios acontecimientos distintos en un todo laxo y confuso), y la yuxtaposición (enumeración o sucesión de hechos que no guardan relación entre sí, por imposibilidad de establecer relaciones de causa-efecto). El niño no puede captar los nexos reales entre varios acontecimientos, no puede establecer relaciones de orden ni entre una parte y el todo ni entre las partes de un todo entre sí. Todas las cosas están conectadas con todas las demás cosas, lo que es como decir que nada está conectado con nada. Por el animismo que identifica a esta etapa, los objetos inanimados tienen sentimientos como los que él tiene; las cosas están vivas y tienen intenciones; y por la participación, tiene una vaga idea de que su acción influye en los procesos que ocurren a su alrededor, y de que sus pensamientos tienen potencia para cambiar los hechos. Merced al artificialismo, alguien (humano o divino) crea los acontecimientos. El niño no está en condiciones aún de considerar simultáneamente los distintos aspectos de una situación: ésta es la estructura común que subyace a todos los fenómenos de esta etapa: no puede «cruzar» variables. Todas estas condiciones caracterizan una forma de conocimiento precrítico y preobjetivo. Llevado aún por el fenomenismo (las cosas son tal como se le aparecen) es necesario que complete su diferenciación del mundo que lo rodea, concomitantemente con el abandono de la relatividad del conocimiento que posee del mismo.
El lenguaje
Ya desde el primer llanto, y pasando por la «sonrisa social» y las vocalizaciones –balbuceos, gorjeos, lalación– ligadas a sus sensaciones –placer, displacer–, hay toda una interacción prelingüística a través de la cual el niño se conecta con el entorno. El niño pequeño «habla» mucho más que el adulto, pero su verdadero lenguaje, el juego, está basado principalmente en componentes no verbales: por eso los niños de menos de siete años suelen fracasar en el uso del lenguaje comunicativo. En la etapa preoperativa, en cuanto al lenguaje se refiere, y consecuentemente con lo expuesto anteriormente, el niño se centra de una manera exclusiva en su propio punto de vista; no puede considerar el punto de vista del otro y también el suyo propio simultáneamente. Utiliza preconceptos, que son intermedios entre el símbolo imaginado y el concepto, no son todavía ni generales ni particulares. La imagen privada se abre camino hacia el signo verbal público; el uso del lenguaje contribuye a la formación de los sistemas operacionales en virtud de los cuales se organiza el pensamiento, pero por ahora va de lo particular a lo particular, en una forma de razonamiento que Piaget llama transductivo o prélogico. La acción en esta etapa sigue avanzando más que el pensamiento verbal: el niño puede ser capaz de tratar un dilema en el plano de la acción, pero todavía no puede resolver el mismo problema a través de la expresión verbal.
Piaget clasifica el lenguaje infantil dividiéndolo en dos grandes grupos: lenguaje no comunicativo o egocéntrico, y lenguaje socializado.
Lenguaje no comunicativo o egocéntrico
En el período sensoriomotriz el lenguaje es sólo una compañía de la acción basada en la figuración. Luego, en la etapa preoperativa, es usado para la reconstrucción de una acción pasada ofreciendo un principio de representación. La palabra empieza a funcionar como signo: no es simplemente una parte de la acción sino que la evoca. Algunas manifestaciones de la función simbólica, como el juego y los primeros usos de la palabra, se hallan íntimamente relacionadas con acciones y deseos consiguientes e inmediatos. En efecto, hacia el fin del primer año, el niño es capaz de pronunciar –imitando– entre dos y diez palabras, de entender lo que se le solicita –siempre dentro de un contexto conocido– , de comprender su nombre y el significado del sí y del no, y manifiesta curiosidad por el nombre de personas y objetos –a los que señala– de su entorno.
Alrededor de los dos años, utiliza entre veinte y treinta palabras que tendrán durante un tiempo más –unos seis meses aproximadamente– el valor de frases, para luego empezar a juntar dos palabras sin nexos entre ellas, mediante las cuales expresar lo que desea.
El próximo paso involucra el desarrollo del lenguaje; porque, liberado de lo inmediato, del aquí y ahora, el niño opera con sustitutos: forma símbolos mentales mediante la imitación, al tiempo que acumula información sobre el mundo.
Los paradigmas del lenguaje no comunicativo o egocéntrico son la repetición, el monólogo y el monólogo colectivo. «(...) El niño no se ocupa de saber a quién habla ni si es escuchado» , dice Piaget, y su lenguaje se socializará tanto como él mismo, pero por el momento la palabra tiene una función de compañía y refuerzo de la conducta, más que de socialización del pensamiento.
La repetición o ecolalia, llamada también preparleta, en el segundo año de vida, consiste en la imitación de algo que acaba de oír; supone copiar el lenguaje de un «otro»: no tiene una función comunicativa. Repite sílabas o palabras por el placer de hacerlo aunque carezcan de sentido para él. La ecolalia participa de la confusión yo/no-yo: hay identificación con lo imitado sin conciencia de que está imitando, sino «creyendo» que se trata de una expresión propia.
Justamente estos intentos de referencia a objetos o personas son las llamadas palabras-frase, que se caracterizan por usar un número limitado de elementos fonéticos, y que por la condensación que las constituyen, «parecen ser esfuerzos por expresar ideas complejas, ideas que un adulto expresaría mediante oraciones» (Philip Dale). Las holofrases funcionan en el niño como las frases en el adulto: palabras aisladas emitidas con diferente entonación, que contienen un mensaje y una intención mucho más compleja que el significado intrínseco de esas palabras.
Sigue luego la etapa llamada del «habla telegráfica»: combinación de dos palabras sin nexos entre ellas, que ya no son imitación del habla adulta, ni se producen al azar, sino que son creaciones originales; están organizadas según una «gramática infantil» que incluye sobre todo verbos, sustantivos y adjetivos. Pronto, hacia los tres años, se ampliará su vocabulario a varios cientos de palabras, incorporará preposiciones y artículos, las frases se harán más largas y complejas, con reglas de sintaxis que ordenan y enlazan las palabras, y aparecerán género y número progresivamente diferenciados. (Prueba de la sintaxis que subyace a las verbalizaciones de esta etapa son las hiperregulaciones o sobrerregulaciones, que denuncian que la imitación va cediendo paso a la creación: la conjugación de verbos regulares se traslada a verbos irregulares, y estas formas regularizadas son percibidas por los adultos como errores.)
El monólogo se da cuando el niño se siente solitario. Suele ser largo, no está dirigido a nadie (carece de función social), y suele reemplazar a la acción, sobre todo si esta acción no puede llevarse a cabo: actúa por la palabra creando otra realidad (lenguaje mágico).
El monólogo colectivo, a pesar de ocurrir en presencia de otros, también prescinde de que sea escuchado o no. El interlocutor y su interpretación son absolutamente irrelevantes, y el placer también radica en el hablar, sólo que en compañía.
Lenguaje comunicativo o socializado
En cuanto al lenguaje socializado, Piaget discrimina cinco formas de discurso. La información adaptada, con la que el niño persigue comunicar realmente su pensamiento, informar algo que pueda ser de interés a un interlocutor y que influya en su conducta. Está dirigida a alguien en particular, y el niño insistirá hasta que ese alguien lo entienda. Las informaciones adaptadas son estáticas: no se refieren a relaciones de causalidad, y las discusiones que el niño puede llevar a cabo, por lo tanto, no tienen demostraciones sino que constituyen un mero choque de afirmaciones.
Hay un tipo de lenguaje que contiene juicios de valor absolutamente subjetivos destinado a afirmar la superioridad del yo infantil: Piaget lo denomina «crítica y burla», y lo define como observaciones denigrantes sobre las personas del entorno y sus acciones, que satisfacen necesidades relativas más al reforzamiento de la personalidad que a requerimientos intelectuales.
En orden ascendente en cuanto al objetivo de comunicación del niño, los grupos llamados «órdenes, ruegos y amenazas», «preguntas» y «respuestas», forman parte también del lenguaje socializado. Con respecto a éstas últimas, Piaget propone separar las respuestas del lenguaje espontáneo si su existencia está de algún modo forzada por un interlocutor bajo la forma de diálogo «exigido».
En líneas generales, el lenguaje egocéntrico y su progresivo abandono dependen de la actividad del niño y del medio en que esta actividad se desarrolla: disminuirá significativamente hacia los seis o siete años, paralelamente con el aumento de la vida social y la cooperación en actividades comunes: la escolarización, los amigos, el mayor acceso a medios de comunicación, experiencias todas que contribuirán a un uso cada vez más correcto, es decir, eficaz, del lenguaje.
A partir de esta etapa Piaget marca el inicio de la reflexión, es decir «la tendencia a unificar las creencias y las opiniones, y a sistematizarlas para evitar las contradicciones entre ellas». La incorporación social del niño, en aumento durante estos años, impulsa el desarrollo de sus procesos intelectuales. La interacción requiere comunicación y el niño tratará de expresar sus pensamientos y de dar sentido a los pensamientos de los demás. La unidad principal de su intercambio social es el lenguaje, porque su relación con los demás –que impone relatividad y pluralidad de puntos de vista– empieza a ser recíproca y no unidireccional, y por lo mismo el lenguaje comienza a operar como vehículo del pensamiento.
Pensamiento e interacción social
Del estado puramente individual que caracteriza a la inteligencia propia del período sensoriomotor se pasa ahora a la socialización, que necesariamente conlleva la cooperación y el desplazamiento cada vez mayor del egocentrismo inicial. Y el pensamiento reproduce, en el plano que le es propio, este mismo proceso de evolución. El desarrollo de la razón, desde la indiferenciación caótica de la primera etapa a la diferenciación y armonización complementarias del período preoperativo, prosigue las mismas leyes una vez constituidas la vida social y la reflexión. Nuevamente asimilación y acomodación volverán a operar ante las dificultades que suscita la aparición de esta nueva realidad; y ni más ni menos que del continuum de esa inteligencia primitiva obtendrá a partir de ahora los instrumentos necesarios para proseguir la construcción racional, preparada durante los dos primeros años, y para ponerla de manifiesto, llegado el momento, en su sistema de relaciones lógicas y de representaciones adecuadas.
A modo de reflexión
Los niños aprenden a partir de actividades concretas, especialmente los de corta edad. Deben actuar sobre las cosas para comprenderlas. Solamente manipulando, tocando, el niño aprende cada vez más acerca de la naturaleza y las relaciones del mundo que lo rodea, y desarrolla esquemas de acción a través de los cuales se vincula con él. Cuando se presenta un nuevo objeto recurre a esquemas ya establecidos anteriormente; si al aplicarlos no tiene éxito, intenta mediante la manipulación desarrollar nuevos esquemas, que se traducen también en nuevas maneras de actuar y comprender el mundo. Estos esquemas se interiorizarán en forma de pensamiento, y oportunamente estará en condiciones de expresar en un nivel verbal las nociones que elaboró en esa interacción. Comprendiendo en estos términos la evolución de la inteligencia, y cómo ésta procede en cada etapa, tal vez la misión primera y última del docente del niño preescolar sea alentar y propiciar la manipulación de las cosas, y de ese modo reforzar el deseo en la maravillosa aventura del conocimiento. Dice Piaget: «El principal objetivo de la educación consiste en formar personas que sean capaces de hacer cosas nuevas y no simplemente de repetir lo que otras generaciones han realizado. Se necesitan hombres que sean creadores, que estén pletóricos de inventiva y que sean capaces de descubrir algo original. El segundo objetivo de la pedagogía consiste en formar mentes críticas, ávidas del licor de la verdad y que no estén dispuestas a aceptar gratuitamente todo lo que se les ofrece. El gran peligro que se cierne sobre nuestras cabezas consiste hoy en día en los tópicos, en las frases hechas y que repiten como papagayos las masas. (...) Necesitamos para ello alumnos activos, capaces de aprender por sí mismos, en parte gracias a su actividad espontánea y en parte también a través de los datos que les brindemos; alumnos que aprendan rápidamente a distinguir entre lo que es verídico y lo que es gratuito».

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Licenciada y profesora en Letras Modernas, egresada de la UNIVERSIDAD NACIONAL DE CÓRDOBA.ESPECIALISTA EN LITERATURA ARGENTINA. Especialista en Investigación Educativa. (ISP Joaquín V. González) Especialista en Litertura Infantil y Juvenil (CEPA) Actualemnte se encuentra cursando la Maestría en Análisis del Discurso (UBA) Publicó numerosos artículos y ensayos para diferentes sellos editoriales (Cántaro, Puerto de Palos, Paidos, revistas del ISPEI Sara Eccleston) En el 2012 su blog Entre el mouse y la tiza recibió el PRIMER PREMIO A LOS BLOGS EDUCATIVOS otorgado por la UNIVERSIDAD NACIONAL DE BUENOS AIRES (UBA) A raíz de ese premio fue convocada por distintos medios periodísticos. Durante 2013 el mismo blog resltó ser finalista de dicho concurso. En estos momentos se encuentra abocada a la investigación y la escritura de un ensayo en colaboración con la Lic. Cristina Olliana.

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