domingo, 3 de agosto de 2014

GRACIELA CABAL Y TRES DE SUS MEJORES CUENTOS..

Camila Venezia y Julieta Maddalena Figueras. Nos presentan a
Graciela cabal  Y TRES DE SUS CUENTOS


Érase una vez una niña que soñaba con ser periodista y escritora, quien nunca   se cansó de estudiar. Fue   docente y además trabajó como  editora. 
Por otra parte escribió muchos guiones  para la televisión, en programas para niños.
Numerosas veces dictó conferencias y reflexionó principalmente  alrededor de la enorme importancia que tiene  la formación de lectores.
 Recorrió  el país siempre con su brillantez y como si todo eso fuera poco... Fue  madre de tres hijos y abuela de seis nietos. Escribió libros como “Jacinto”, “Batata”, “Barbapedro”, “Papanuel”, “Los reyes no se equivocan”.Siguió adelante y creo los “Cuentos con brujas”. entre otros muchos títulos... Los invitamos a leer algunos de sus cuentos...


“MIEDO”
Había una vez un chico que tenía miedo.
Miedo a la oscuridad, porque en la oscuridad crecen los monstruos.
Miedo a los ruidos fuertes, porque los ruidos fuertes te hacen agujeros en las orejas.
Miedo a las personas altas, porque te aprietan para darte besos.
Miedo a las personas bajitas, porque te empujan para arrancarte los juguetes. Mucho miedo tenía ese chico. Entonces, la mamá lo llevó al doctor. Y el doctor le recetó al chico un jarabe para no tener miedo (amargo era el jarabe).
Pero al papá le pareció que mejor que el jarabe era un buen reto:
-iBasta de andar teniendo miedo, vos! - le dijo -. ¡Yo nunca tuve miedo cuando era chico!
Pero al tío le pareció que mejor que el jarabe y el reto era una linda burla:
-¡La nena tiene miedo, la nena tiene miedo!
El chico seguía teniendo miedo. Miedo a la oscuridad, a los ruidos fuertes, a las personas altas, a las personas bajitas. Y también a los jarabes amargos, a los retos y a las burlas.
Mucho miedo seguía teniendo ese chico.
Un día el chico fue a la plaza. Con miedo fue, para darle el gusto a la mamá.
Llena de personas bajitas estaba la plaza. Y de persona altas.
El chico se sentó en un banco, al lado de la mamá. Y fue ahí que vio a una persona bajita pero un poco alta que le estaba pegando a un perro con una rama. Blanco y negro era el perro. Con manchitas. Muy flaco y muy sucio estaba el perro. Y al chico le agarró una cosa acá, en el medio del ombligo.
Y entonces se levantó del banco y se fue al lado del perro. Y se quedó parado, sin saber qué hacer. Muerto de miedo se quedó.
La persona alta pero un poco bajita lo miró al chico. Y después dijo algo y se fue. Y el chico volvió al banco. Y el perro lo siguió al chico. Y se sentó al lado.
-No es de nadie- dijo el chico -¿Lo llevamos?
-No- dijo la mamá.
-Sí- dijo el chico -. Lo llevamos.
En la casa la mamá lo bañó al perro. Pero el perro tenía hambre. El chico le dio leche y un poco de polenta del mediodía. Pero el perro seguía teniendo hambre. Mucha hambre tenía ese perro.
Entonces el perro fue y se comió todos los monstruos que estaban en la oscuridad, y todos los ruidos fuertes que hacen agujeros en las orejas. Y como todavía tenía hambre también se comió el jarabe amargo del doctor, los retos del papá, las burlas del tío, los besos de las personas altas y los empujones de las personas bajitas. Con la panza bien rellena, el perro se fue a dormir. Debajo de la cama del chico se fue a dormir, por si quedaba algún monstruo.
Ahora el chico que tenía miedo no tiene más miedo. Tiene perro.



Julieta terminó de lustrar los zapatos de ir a la escuela. Cierto que ella hubiera preferido poner las zapatillas rosas con estrellitas, las que le había regalado su madrina para el cumpleaños número seis. Pero la mamá dijo que esas zapatillas eran una pura hilacha y que qué iban a pensar los Reyes Magos.
–Ya que estamos, Julieta –aprovechó la mamá–, dámelas que te las tiro de una vez por todas a la basura. Porque a la mamá de Julieta no le gustaban las cosas gastadas o con agujeros. Tampoco le gustaban las cosas sucias o desprolijas. Y siempre tenía la casa limpia, reluciente y olorosa a pino. Debía de ser por eso que la mamá de Julieta no podía ni oír hablar de perros.
–Perros en esta casa, jamás –decía–. Los perros ensucian, rompen todo y traen pestes. Así que en la casa de Julieta no había perros, había tortuga. Y no es que Julieta no le tuviera cariño a la Pancha. Pero la Pancha era medio aburrida, y se la pasaba durmiendo en su caja. Lo que Julieta quería –y lo quería con toda el alma– era un perro. Un perro que le lamiera la mano y la esperara cuando ella volvía de la escuela. Un perro que le saltara encima para robarle las galletitas. Por eso Julieta le había pedido un perro a los Reyes. Y los Reyes se lo iban a traer, porque siempre le habían traído lo que ella les pedía.
¿Y su mamá? ¿Qué diría su mamá del perro?, se preguntó Julieta y el corazón le hizo tiquitiquitoctoc.
Pero enseguida pensó que su mamá no iba a tener más remedio que aguantarse, porque uno no puede andar despreciando los regalos de los Reyes.
– ¡Julieta! –Dijo la mamá– Sacá la basura a la calle y vení a comer...
A Julieta no le gustaba nada sacar la basura, pero hoy tenía que portarse muy bien porque era un día especial. Así que agarró la bolsa de la basura –con sus zapatillas adentro, claro– y, sin protestar, atravesó el pasillo y la dejó en la vereda, al lado delarbolito.
Mientras hacía esfuerzos por dormirse, Julieta pensó que ella, a veces, no la entendía a su mamá. ¿No era, acaso, que los Reyes Magos, tan poderosos y tan ricos, se habían atravesado el mundo entero para ir a llevarle regalos a un pobrecito bebé que ni cuna tenía? ¿Y esos Reyes se iban a asustar de sus zapatillas gastadas? Pero bueno, mejor pensar en el perro, que a ella le encantaría blanco y medio petiso. Y Julieta se quedó dormida.
A la mañana siguiente, Julieta se despertó tempranísimo. Allí, junto a sus zapatos brillantes, estaba el perro.
–¿Viste, nena? –Dijo la mamá–.
¡Un perro, como vos querías! Mirá: si le tirás de acá, mueve la cola y las orejas... ¿Estás contenta?
No. Julieta no estaba contenta. El perrito que le habían traído los Reyes era más aburrido que la Pancha. Porque la Pancha, por lo menos, estaba viva, aunque a veces mucho no se le notara. Este perrito no le lamería la mano a Julieta, ni le robaría las galletitas, ni nada de nada.... ¿Es que los Reyes se habían equivocado?
Pero cuando, al rato nomás, Julieta salió a comprar la leche, pensó que no, que los Reyes Magos nunca se equivocan: al lado del árbol, con una de sus zapatillas entre los dientes y la otra entre las patas, había un perrito blanco y medio petiso. El perrito la miró a Julieta y, sin soltar las zapatillas, le movió la cola. Entonces Julieta lo agarró en brazos y corrió a su casa gritando:
–¡¡Mamaaaá!! ¡¡Mamaaaá!! ¡¡Los reyes me pusieron uno de verdad en las zapa!!
La mamá salió al pasillo y lo único que dijo fue: –¡Ay, mi Dios querido!
Pero se ve que no se animó a despreciar un regalo hecho por los mismísimos Reyes, porque después de un rato de mirarla a la hija y al perrito, agregó por lo bajo: –Entren nomás, que este perrito necesita un baño de padre y señor mío...




“PAPANUEL”

Los Cardoso eran gente famosa en el barrio de San Cristóbal, pero sólo para las Navidades. Y esto por dos razones. 
Porque, año tras año, la abuela, la mamá y los Cardosos chicos -tres nenas de nueve, seis y cinco años y un varón de cuatro- armaban un Pesebre que ni les cuento en el patio con techito de la casa. 
Y porque Nochebuena tras Nochebuena, el papá llegaba al barrio, antes de dar las doce, vestido de Papá Noel (“Papanuel”, decían los chicos).
Lindo era el Pesebre de los Cardoso. Y muy completo. Hay que ver que la abuela lo había ido armando desde el día en que su padrino le regaló una Virgen, un San José y un niño Dios con ojitos de vidrio. (La Virgen y San José eran mucho más petisos que el Niño, pero en la vida no se puede andar con tantas pretensiones.)
El Pesebre fue creciendo junto con la abuela. 
Así que ahora que la abuela tenía un montón de años, el pesebre tenía un montón de piezas: 195, sin contar los ocho pastorcitos y las cuatro ovejas que, en un descuido imperdonable, se había comido Lilí, la perra del vecino.
Los aguafiestas que nunca faltan -tampoco en San Cristóbal- decían que el Pesebre de los Cardoso era una mezcolanza espantosa, y que dónde se había visto un Pesebre con gauchos, indios, buzos y espejos con patitos. Y ya que estaban en tren de criticar, también decían que el traje de Papá Noel del señor Cardoso, además de quedarle corto y ancho, era un remiendo vivo.
Pero hablaban de pura envidia... Y porque eran de esas personas aburridas que piensan: “¡Yo no sé quién habrá inventado las fiestas!” y se van adormir antes de que suenen las campanas.
¿Que cómo conseguía Cardoso el disfraz de Papá Noel?
Muy fácil: él trabajaba de Papá Noel en “El oso mimoso”, la juguetería de Constitución. 
Bueno..., de Papá Noel trabajaba para las Navidades. El resto del año hacía de todo un poco en la juguetería: plumerear los estantes, llevar paquetes, cebarle mate al dueño, perseguir a los ratones... Y bien contento estaba Cardoso con su empleo: gracias a él podía llevarles a los hijos algunos que otro juguetito en Nochebuena.
Pero este año las cosas venían mal.
-No hay ventas, Cardoso -había dicho el patrón-. Así que vaya olvidándose de los juguetes para los hijos, que yo no soy Papá Noel, ¿sabe? 
Y llegó, por fin, la Nochebuena.
La casa de los Cardoso estaba de punta en blanco: la puerta abierta, para que los vecinos pudieran espiar; el árbol de Navidad, con su estrella en la punta; el famoso Pesebre, debajo del techito del patio. 
También la mesa, con el mantel almidonado, los platos del juego, las copas rojas, el fuentón de los huevos rellenos y el pollo cortado finiiiiiiito, cosa que alcanzara.
Alrededor de la mesa, recién bañados y con la ropa de paquetear: los Cardoso. Todos menos el papá. Y a la mamá le entró una inquietud que se le alojó en la panza.
(Sí, también podía tratarse de hambre.)
Pero justo cuando en la radio empezaron a dar las doce, apareció. Con un traje bien rojo, bien brillante, bien nuevito: ¡Papá Noel!
-¡Ah! ¡Oh! gritaron todos impresionadísimos. Y el de cuatro corrió a esconderse detrás de la abuela.
-Es papá, bobito -dijo la de nueve.
-¡No es papá! ¡Es “Papanuel”! -berreó el de cuatro.
Sonriéndose a través de la barba, Papá Noel abrió la bolsa y empezó a repartir: una cajita de música y un libro de cuentos por aquí, un trompo de colores y un títere por allá... ¡Y también un barrilete de cola larguísima y un pizarrón con tizas y todo, y un barco de vela y unas acuarelas en caja de lata...!
-¿Para los grandes nada, Car... Papanuel? -se animó la abuela.
-Pero cómo no: unas peinetas plateadas con piedritas, un collar de caracoles, un mate con bombilla y en la bombilla un escudo...
-¡¡CARDOSO!! –tronó la madre hecha una furia -. ¿¿A QUIÉN LE..?? ¿¿DE DÓNDE...??
Él pareció no oírla, tan interesado estaba en el Pesebre.
Fue entonces cuando, moviendo la cabeza como si algo no acabara de gustarle, se puso a buscar en la bolsa. Busca que te busca, busca que te busca, al final encontró y sacó: un Papá Noel chiquito, con su trineo lleno de campanas diminutas y sus ciervos de cuernos dorados. 
Tratando de no tirar nada, Papá Noel lo ubicó en el Pesebre, entre un indio sioux y un San Martín de caballo blanco.
Ahora sí, se sonrió conforme Papá Noel. Y después los miró a todos, fijo y en los ojos, levantó la mano en un saludo y se fue, sin darles tiempo de reaccionar.
Pero al rato nomás volvió. Lo único que, esta vez, tenía el traje de antes: corto, ancho,remendado.
-¡Papi, ése es mi papi! -dijo chocho el de cuatro.
-¡Ahora me vas a explicar clarito en qué lío te metiste vos, Cardoso!-protestó la mamá por lo bajo mientras se abrochaba el collar de caracoles-.Aunque, mejor, primero comamos los huevos, que se hizo tardísimo.
El señor Cardoso nunca pudo convencer a la familia de que él no había sido el de los regalos maravillosos. 
Y bueno... Hay gente que se resiste a creer en Papá Noel.

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Mi foto
Licenciada y profesora en Letras Modernas, egresada de la UNIVERSIDAD NACIONAL DE CÓRDOBA.ESPECIALISTA EN LITERATURA ARGENTINA. Especialista en Investigación Educativa. (ISP Joaquín V. González) Especialista en Litertura Infantil y Juvenil (CEPA) Actualemnte se encuentra cursando la Maestría en Análisis del Discurso (UBA) Publicó numerosos artículos y ensayos para diferentes sellos editoriales (Cántaro, Puerto de Palos, Paidos, revistas del ISPEI Sara Eccleston) En el 2012 su blog Entre el mouse y la tiza recibió el PRIMER PREMIO A LOS BLOGS EDUCATIVOS otorgado por la UNIVERSIDAD NACIONAL DE BUENOS AIRES (UBA) A raíz de ese premio fue convocada por distintos medios periodísticos. Durante 2013 el mismo blog resltó ser finalista de dicho concurso. En estos momentos se encuentra abocada a la investigación y la escritura de un ensayo en colaboración con la Lic. Cristina Olliana.

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