miércoles, 9 de marzo de 2016

HOY PRESENTAMOS: SALA DE DOS… por Estela Quiroga




Un niño de dos años ya es capaz de  pronunciar su nombre y también  construye frases de varias palabras. Ya puede adecuar las palabras a la acción y viceversa. Hace soliloquios mientras juega. Su capacidad verbal va desde 12 a 1.000 palabras, según el caso.
Como acaban de descubrir lo divertido que es moverse de un lado hacia otro es difícil mantenerlos quietos por mucho tiempo, por lo tanto es más recomendable narrarles que leerles porque es mejor agotar todos nuestros recursos expresivos para sostener su atención. Podemos trabajar con poesías con movimiento, canciones, títeres de dedo…
Es  muy importante que recordemos que todavía  no puede compartir. Aferra sus posesiones y pelea por ellas a empujones, si es necesario….. Le encanta observar las actitudes de las personas y a otros niños. Colabora en las tareas de la sla. Tiene más noción de lo que puede tocar o no.

Me ha pasado de ir con mis residentes a una sala de dos en el primer cuatrimestre y ver que casi no hablaban y que esos mismos niños en la segunda mitad del año atravesaban una explosión de palabras… Incluso que me recordaban y sabían mi nombre…
Muchas veces, sobretodo en la segunda mitad del año hicimos la experiencia de trabajar con libros álbum sencillos: Mi papá, Mi mamá, Mi hermano de A. Brown de FCE.
Les encantaba escuchar cuentos narrados por las residentes.. por ejemplo este:


Arnold Lobel (USA 1933)

Habi
́a una vez un ratón muy alto y un ratón muy bajo que eran muy buenos amigos.

Cuando se encontraban Rato
́n Muy Alto decía:

–¡Hola, Rato
́n Muy Bajo!
Y Rato
́n Muy Bajo decía:
–¡Hola, Rato
́n Muy Alto!.
A los dos amigos les gustaba ir a pasear juntos.

Cuando paseaban Rato
́n Muy Alto decía:
–¡Hola, pa
́jaros!
Y Rato
́n Muy Bajo decía:
–¡Hola escarabajos!

Cuando paseaban por el jardi
́n Ratón Muy Alto decía:
–¡Hola flores!
Y Rato
́n Muy Bajo decía:
¡Hola rai
́ces!

Cuando pasaban delante de una casa, Rato
́n Muy Alto decía:
¡Hola techo!
Y Rato
́n Muy Bajo decía:
–¡Hola so
́tano!

Un di
́a a los dos ratones los pilló una tormenta. Ratón Muy Alto dijo:
–¡Hola gotas de lluvia!

Y Rato
́n Muy bajo dijo:
–¡Hola charcos!
Corrieron a la casa para no mojarse.

–¡Hola techo!, dijo Rato
́n Muy Alto.
–¡Hola, suelo!, dijo Rato
́n Muy bajo.

Pronto paso
́ la tormenta. Los dos amigos corrieron a la ventana. Ratón Muy Alto cargó a Ratón Muy Bajo para que pudiera ver. ¡Hola, arco iris! gritaron emocionados los dos juntos.

https://elperiodicodelaltoaragon.files.wordpress.com/2013/01/c2bfa-que-sabe-la-luna-cuento-para-la-paz.pdf
https://www.youtube.com/watch?v=mt8CPYO2XIg&index=1&list=PLBlXYndKHP7j_uqToH-7aYlWpGy9RVz34


Otro muy interesante  para sala de dos es
¿A qué sabe la luna? de Michael Grejniec. 
Traducción al castellano: Carmen Barreiro.
Kalandraka Editora, 1999.
Título original en alemán: Wie schmeckt der Mond?, Bohem Press, 1




CUENTO FOLKLORICO
LA GALLINITA ROJA
Había una vez una gallina roja llamada Marcelina, que vivía en una granja rodeada de muchos animales. Era una granja muy grande, en medio del campo.
En el establo vivían las vacas y los caballos; los cerdos tenían su propia cochiquera. Había hasta un estanque con patos y un corral con muchas gallinas. Había en la granja también una familia de granjeros que cuidaba de todos los animales. Un día la gallinita roja, escarbando en la tierra de la granja, encontró un grano de trigo.
Pensó que si lo sembraba crecería y después podría hacer pan para ella y todos sus amigos.
-¿Quién me ayudará a sembrar el trigo?, les preguntó.
- Yo no, dijo el pato.
- Yo no, dijo el gato.
- Yo no, dijo el perro.
- Muy bien, pues lo sembraré yo, dijo la gallinita.
Y así, Marcelina sembró sola su grano de trigo con mucho cuidado. Abrió un agujerito en la tierra y lo tapó. Pasó algún tiempo y al cabo el trigo creció y maduró, convirtiéndose en una bonita planta.
-¿Quién me ayudará a segar el trigo?, preguntó la gallinita roja.
- Yo no, dijo el pato.
- Yo no, dijo el gato.
- Yo no, dijo el perro.
- Muy bien, si no me queréis ayudar, lo segaré yo, exclamó Marcelina.
Y la gallina, con mucho esfuerzo, segó ella sola el trigo. Tuvo que cortar con su piquito uno a uno todos los tallos. Cuando acabó, habló muy cansada a sus compañeros:
-¿Quién me ayudará a trillar el trigo?
- Yo no, dijo el pato.
- Yo no, dijo el gato.
- Yo no, dijo el perro.
- Muy bien, lo trillaré yo.
Estaba muy enfadada con los otros animales, así que se puso ella sola a trillarlo. Lo trituró con paciencia hasta que consiguió separar el grano de la paja. Cuando acabó, volvió a preguntar:
-¿Quién me ayudará a llevar el trigo al molino para convertirlo en harina?
- Yo no, dijo el pato.
- Yo no, dijo el gato.
- Yo no, dijo el perro.
- Muy bien, lo llevaré y lo amasaré yo, contestó Marcelina.
Y con la harina hizo una hermosa y jugosa barra de pan. Cuando la tuvo terminada, muy tranquilamente preguntó:
- Y ahora, ¿quién comerá la barra de pan? volvió a preguntar la gallinita roja.
-¡Yo, yo! dijo el pato.
-¡Yo, yo! dijo el gato.
-¡Yo, yo! dijo el perro.
-¡Pues NO os la comeréis ninguno de vosotros! contestó Marcelina. Me la comeré yo, con todos mis hijos.
Y así lo hizo. Llamó a sus pollitos y la compartió con ellos.



lunes, 7 de marzo de 2016

A LOS ESTUDIANTES QUE ASPIRAN A CONVERTIRSE EN DOCENTES EN EL ISPEI SARA ECCLESTON


No me parecen interesantes las definiciones vacías de significado… la mejor manera de arribar a la idea de algo es sumergirse directamente en el tema, de modo que sin más preámbulos los invito a leer este cuento.

Era una tarde calurosa y el vagón del tren también estaba caliente; la siguiente parada, Templecombe, estaba casi a una hora de distancia. Los ocupantes del vagón eran una niña pequeña, otra niña aún más pequeña y un niño también pequeño. Una tía, que pertenecía a los niños, ocupaba un asiento de la esquina; el otro asiento de la esquina, del lado opuesto, estaba ocupado por un hombre soltero que era un extraño ante aquella fiesta, pero las niñas pequeñas y el niño pequeño ocupaban, enfáticamente, el compartimiento. Tanto la tía como los niños conversaban de manera limitada pero persistente, recordando las atenciones de una mosca que se niega a ser rechazada. La mayoría de los comentarios de la tía empezaban por «No», y casi todos los de los niños por «¿Por qué?». El hombre soltero no decía nada en voz alta.
-No, Cyril, no -exclamó la tía cuando el niño empezó a golpear los cojines del asiento, provocando una nube de polvo con cada golpe-. Ven a mirar por la ventanilla -añadió.
El niño se desplazó hacia la ventilla con desgana.
-¿Por qué sacan a esas ovejas fuera de ese campo? -preguntó.
-Supongo que las llevan a otro campo en el que hay más hierba -respondió la tía débilmente.
-Pero en ese campo hay montones de hierba -protestó el niño-; no hay otra cosa que no sea hierba. Tía, en ese campo hay montones de hierba.
-Quizá la hierba de otro campo es mejor -sugirió la tía neciamente.
-¿Por qué es mejor? -fue la inevitable y rápida pregunta.
-¡Oh, mira esas vacas! -exclamó la tía.
Casi todos los campos por los que pasaba la línea de tren tenían vacas o toros, pero ella lo dijo como si estuviera llamando la atención ante una novedad.
-¿Por qué es mejor la hierba del otro campo? -persistió Cyril.
El ceño fruncido del soltero se iba acentuando hasta estar ceñudo. La tía decidió, mentalmente, que era un hombre duro y hostil. Ella era incapaz por completo de tomar una decisión satisfactoria sobre la hierba del otro campo.
La niña más pequeña creó una forma de distracción al empezar a recitar «De camino hacia Mandalay». Sólo sabía la primera línea, pero utilizó al máximo su limitado conocimiento. Repetía la línea una y otra vez con una voz soñadora, pero decidida y muy audible; al soltero le pareció como si alguien hubiera hecho una apuesta con ella a que no era capaz de repetir la línea en voz alta dos mil veces seguidas y sin detenerse. Quienquiera que fuera que hubiera hecho la apuesta, probablemente la perdería.
-Acérquense aquí y escuchen mi historia -dijo la tía cuando el soltero la había mirado dos veces a ella y una al timbre de alarma.
Los niños se desplazaron apáticamente hacia el final del compartimiento donde estaba la tía. Evidentemente, su reputación como contadora de historias no ocupaba una alta posición, según la estimación de los niños.
Con voz baja y confidencial, interrumpida a intervalos frecuentes por preguntas malhumoradas y en voz alta de los oyentes, comenzó una historia poco animada y con una deplorable carencia de interés sobre una niña que era buena, que se hacía amiga de todos a causa de su bondad y que, al final, fue salvada de un toro enloquecido por numerosos rescatadores que admiraban su carácter moral.
-¿No la habrían salvado si no hubiera sido buena? -preguntó la mayor de las niñas.
Esa era exactamente la pregunta que había querido hacer el soltero.
-Bueno, sí -admitió la tía sin convicción-. Pero no creo que la hubieran socorrido muy deprisa si ella no les hubiera gustado mucho.
-Es la historia más tonta que he oído nunca -dijo la mayor de las niñas con una inmensa convicción.
-Después de la segunda parte no he escuchado, era demasiado tonta -dijo Cyril.
La niña más pequeña no hizo ningún comentario, pero hacía rato que había vuelto a comenzar a murmurar la repetición de su verso favorito.
-No parece que tenga éxito como contadora de historias -dijo de repente el soltero desde su esquina.
La tía se ofendió como defensa instantánea ante aquel ataque inesperado.
-Es muy difícil contar historias que los niños puedan entender y apreciar -dijo fríamente.
-No estoy de acuerdo con usted -dijo el soltero.
-Quizá le gustaría a usted explicarles una historia -contestó la tía.
-Cuéntenos un cuento -pidió la mayor de las niñas.
-Érase una vez -comenzó el soltero- una niña pequeña llamada Berta que era extremadamente buena.
El interés suscitado en los niños momentáneamente comenzó a vacilar en seguida; todas las historias se parecían terriblemente, no importaba quién las explicara.
-Hacía todo lo que le mandaban, siempre decía la verdad, mantenía la ropa limpia, comía budín de leche como si fuera tarta de mermelada, aprendía sus lecciones perfectamente y tenía buenos modales.
-¿Era bonita? -preguntó la mayor de las niñas.
-No tanto como cualquiera de ustedes -respondió el soltero-, pero era terriblemente buena.
Se produjo una ola de reacción en favor de la historia; la palabra terrible unida a bondad fue una novedad que la favorecía. Parecía introducir un círculo de verdad que faltaba en los cuentos sobre la vida infantil que narraba la tía.
-Era tan buena -continuó el soltero- que ganó varias medallas por su bondad, que siempre llevaba puestas en su vestido. Tenía una medalla por obediencia, otra por puntualidad y una tercera por buen comportamiento. Eran medallas grandes de metal y chocaban las unas con las otras cuando caminaba. Ningún otro niño de la ciudad en la que vivía tenía esas tres medallas, así que todos sabían que debía de ser una niña extraordinariamente buena.
-Terriblemente buena -citó Cyril.
-Todos hablaban de su bondad y el príncipe de aquel país se enteró de aquello y dijo que, ya que era tan buena, debería tener permiso para pasear, una vez a la semana, por su parque, que estaba justo afuera de la ciudad. Era un parque muy bonito y nunca se había permitido la entrada a niños, por eso fue un gran honor para Berta tener permiso para poder entrar.
-¿Había alguna oveja en el parque? -preguntó Cyril.
-No -dijo el soltero-, no había ovejas.
-¿Por qué no había ovejas? -llegó la inevitable pregunta que surgió de la respuesta anterior.
La tía se permitió una sonrisa que casi podría haber sido descrita como una mueca.
-En el parque no había ovejas -dijo el soltero- porque, una vez, la madre del príncipe tuvo un sueño en el que su hijo era asesinado tanto por una oveja como por un reloj de pared que le caía encima. Por esa razón, el príncipe no tenía ovejas en el parque ni relojes de pared en su palacio.
La tía contuvo un grito de admiración.
-¿El príncipe fue asesinado por una oveja o por un reloj? -preguntó Cyril.
-Todavía está vivo, así que no podemos decir si el sueño se hará realidad -dijo el soltero despreocupadamente-. De todos modos, aunque no había ovejas en el parque, sí había muchos cerditos corriendo por todas partes.
-¿De qué color eran?
-Negros con la cara blanca, blancos con manchas negras, totalmente negros, grises con manchas blancas y algunos eran totalmente blancos.
El contador de historias se detuvo para que los niños crearan en su imaginación una idea completa de los tesoros del parque; después prosiguió:
-Berta sintió mucho que no hubiera flores en el parque. Había prometido a sus tías, con lágrimas en los ojos, que no arrancaría ninguna de las flores del príncipe y tenía intención de mantener su promesa por lo que, naturalmente, se sintió tonta al ver que no había flores para coger.
-¿Por qué no había flores?
-Porque los cerdos se las habían comido todas -contestó el soltero rápidamente-. Los jardineros le habían dicho al príncipe que no podía tener cerdos y flores, así que decidió tener cerdos y no tener flores.
Hubo un murmullo de aprobación por la excelente decisión del príncipe; mucha gente habría decidido lo contrario.
-En el parque había muchas otras cosas deliciosas. Había estanques con peces dorados, azules y verdes, y árboles con hermosos loros que decían cosas inteligentes sin previo aviso, y colibríes que cantaban todas las melodías populares del día. Berta caminó arriba y abajo, disfrutando inmensamente, y pensó: «Si no fuera tan extraordinariamente buena no me habrían permitido venir a este maravilloso parque y disfrutar de todo lo que hay en él para ver», y sus tres medallas chocaban unas contra las otras al caminar y la ayudaban a recordar lo buenísima que era realmente. Justo en aquel momento, iba merodeando por allí un enorme lobo para ver si podía atrapar algún cerdito gordo para su cena.
-¿De qué color era? -preguntaron los niños, con un inmediato aumento de interés.
-Era completamente del color del barro, con una lengua negra y unos ojos de un gris pálido que brillaban con inexplicable ferocidad. Lo primero que vio en el parque fue a Berta; su delantal estaba tan inmaculadamente blanco y limpio que podía ser visto desde una gran distancia. Berta vio al lobo, vio que se dirigía hacia ella y empezó a desear que nunca le hubieran permitido entrar en el parque. Corrió todo lo que pudo y el lobo la siguió dando enormes saltos y brincos. Ella consiguió llegar a unos matorrales de mirto y se escondió en uno de los arbustos más espesos. El lobo se acercó olfateando entre las ramas, su negra lengua le colgaba de la boca y sus ojos gris pálido brillaban de rabia. Berta estaba terriblemente asustada y pensó: «Si no hubiera sido tan extraordinariamente buena ahora estaría segura en la ciudad». Sin embargo, el olor del mirto era tan fuerte que el lobo no pudo olfatear dónde estaba escondida Berta, y los arbustos eran tan espesos que podría haber estado buscándola entre ellos durante mucho rato, sin verla, así que pensó que era mejor salir de allí y cazar un cerdito. Berta temblaba tanto al tener al lobo merodeando y olfateando tan cerca de ella que la medalla de obediencia chocaba contra las de buena conducta y puntualidad. El lobo acababa de irse cuando oyó el sonido que producían las medallas y se detuvo para escuchar; volvieron a sonar en un arbusto que estaba cerca de él. Se lanzó dentro de él, con los ojos gris pálido brillando de ferocidad y triunfo, sacó a Berta de allí y la devoró hasta el último bocado. Todo lo que quedó de ella fueron sus zapatos, algunos pedazos de ropa y las tres medallas de la bondad.
-¿Mató a alguno de los cerditos?
-No, todos escaparon.
-La historia empezó mal -dijo la más pequeña de las niñas-, pero ha tenido un final bonito.
-Es la historia más bonita que he escuchado nunca -dijo la mayor de las niñas, muy decidida.
-Es la única historia bonita que he oído nunca -dijo Cyril.
La tía expresó su desacuerdo.
-¡Una historia de lo menos apropiada para explicar a niños pequeños! Ha socavado el efecto de años de cuidadosa enseñanza.
-De todos modos -dijo el soltero cogiendo sus pertenencias y dispuesto a abandonar el tren-, los he mantenido tranquilos durante diez minutos, mucho más de lo que usted pudo.
«¡Infeliz! -se dijo mientras bajaba al andén de la estación de Templecombe-. ¡Durante los próximos seis meses esos niños la asaltarán en público pidiéndole una historia impropia!»
FIN

Saki (H.H. Munro)  EL NARRADOR DE CUENTOS


jueves, 3 de marzo de 2016

EL EFECTO ACARICIANTE DE LOS CUENTOS



Estimados docentes y futuros docentes: Una muy querida colega me acercó este valioso material y me pareció pertinente compartirlo con ustedes… que lo disfruten y lo apliquen en la sala o el aula.. falta muy poco para nuestro encuentro….
Artículo publicado: Revista Punto de partida Año 1- Número 3 Mayo 2004

SOBRE EL ARTE DE NARRAR
                                                                                       Por Juana La Rosa

Un maestro que cuenta, y que sabe escuchar, “toca” con sus palabras. Sobre el oficio del narrador, el efecto acariciante de los cuentos y la necesidad de imaginar.
En la propia naturaleza del hombre está su necesidad y capacidad de imaginar y el cuento es su alimento. Cuando este alimento falta porque no se comprendió en su verdadera dimensión la necesidad de imaginar, fantasear y soñar que tiene un niño (lo que sería equivalente a privarlo del juego), estamos condenándolo a la inmovilidad, a la soledad. Si recordamos al niño que fuimos, si nos instalamos en el juego de nuestra infancia, - diálogos con personajes imaginarios, creaciones de historias dichas en voz baja -, seguramente descubriremos en ese mundo el valor y el germen de nuestros sueños.
Dice Gastón Bachelard: “… los recuerdos personales, claros y a menudo repetidos, nunca explicarán por completo por qué tiene tal atractivo, tal valor de alma las ensoñaciones que nos vuelven a llevar hacia nuestra infancia.
Al meditar el niño que fuimos, más allá de toda historia de familia, después de haber superado la zona de la pena, después de haber dispersado todos los espejismos de la nostalgia, alcanzamos una infancia anónima, un puro hogar de la vida, de vida primera, de vida humana primera. Y, volvamos a subrayarlo, esta vida está en nosotros, queda en nosotros. Un sueño nos lleva a ella. El recuerdo se limita a abrir otra vez la puerta del sueño.” (1).
Para el adulto,contar es una posabilidad de abrir de nuevo la puerta de los sueños y habilitar al niño que fuimos a jugar con ese niño que está delante de nosotros, expectante, ansioso porque comencemos con el “había una vez…” Y cuando esto sucede ya se establece elcódigo del “como si” a trave´s de la palabra, del gesto, de la mirada, que envuelven al que escucha y al que narra. Y en este diálogo algo fuerte pasa.
La narración “ es fundamentalmente un acto de comunicación, donde se genera un vínculo afectivo y una posibilidad de jugar ya que el que narra y el que escucha entran en una complicidad, donde la historia es de verdad aunque no lo sea. En ese juego y esa complicidad todo lo de alrededor se desdibuja y queda la magia de la palabra dentro de un marco de silencio.” (2).
Siempre que volvemos a los cuentos de nuestra infancia, surge el nombre de la persona que nos contaba y es ese vínculo amoroso el que lo hace imborrable. Ya en el diálogo de un bebé con su mamá se va creando la matriz sonora que lo impregna de esa música que es la palabra. Esa fscinación de la voz que acuna, que adormece, reaparece en el instante de la narración. Así como la voz es para el bebé un sonido pleno de sentimientos y magia, también lo es en la narración de cuentos .Se abre un canal de comunicación que es el que después posibilitará el diálogo, pero del que no hay que esperar respuesta inmediata.
Esta magia muchas veces se pierde dentro del aula porque la preocupación es tomar al cuento como una simple herramienta para generar una actividad. Si el docente calma su ansiedad por una producción como una respuesta aquí y ahora y se entrega a disfrutar “con” los chicos, abrirá un espacio creativo; de lo contrario estará controlando lo que surge, tratando de conducirlo hacia una producción que no responde a los intereses del grupo. Si tiene paciencia y presta verdadera atención, verá cómo todo ese imaginario que se desplegó a la hora del cuento se colará en otras actividades sin necesidad de sugerir nada.
El oficio del narrador
En el momento del relato debe haber un silencio interno tanto para el emisor como para el receptor, que da lugar al espacio del cuento. Ambos están entregados, las palabras van desplegando imágenes y creando un escenario donde se cruzan los personajes delante de los espectadores. Si alguien altera ese silencio, la magia se quiebar como por obra de un encantamiento. Hacer silencio es un hábito no ejercitado con frecuencia por los adultos, sobre todo el silencio que respeta y construye la palabra del otro.
Recuerdo que una vez debía narrar a chicos de 3 años. Se dio un juego espontánel con las palabras y uno de los nenes dijo que quería contar. Entonces le propuse que cambiaramos de lugar : yo fui al lugar que él tenía en la ronda y él al mío, que era el de contar, y cuando empezó con su narración, su maestra lo interrumpió: ¿Por qué en lugar de … no contás …? El nene empezó a balbucear, cambió la expresión alegre de su cara y regresó a su lugar. La maestra, sin querer, se había sentado fuera de la ronda, en una situación de control. Desde el incio de la actividad no se entregó al juego. No “escucho” cuáles eran los verdaderos intereses que iban surgiendo y quiso imponer el suyo. Quebró la magia.
Después descubrí que uno puede quedar adentro o afuera de ese círculo mágico, y que si uno se sienta afuera de él lo más probable es que inevitablemete controle.
El arte de escuchar
Si bien en el contar se va ejerciendo el hábito de escuchar, el primero que tiene que tenr incorporada esta capacidad es el prio narrador.
El silencio da miedo; se lo relaciona con la ociosidad. Al espacio vacío hay que llenarlo inmediatamente con palabras; el que más habla gana el espacio rápidamente. Entonces la palabra empieza a desgastarse, a perder su valor, su sentido.
Ejercitar el hábito de escuchar, respetar la palabra del otro, es un buen objetivo. No sólo se escucha con los oídos sino con todo el cuerpo. Es bueno que el docente sea el primero en ejercitar ese objetivo; para ser un buen narrador se requiere un oído muy afinada, vista de lince, y no querer llenar todo el tiempo los espacios vacíos.
En música existe una serie de signos para representar los sonidos, y entre ellos hay uno para representar el silencio. El silencio forma parte de la escritura musical.
El silencio puede ser un compás de espera: escucho o pienso y espero para hablar y ser escuchado. Entonces la música de las palabras es armonía. Si sólo puedo hablar sin escuchar ni mirar o si sólo puedo hacer silencio, es decir mirarme a mí mismo, si sólo yo me escucho, la música estará incompleta.
Si se crea el espacio del silencio en una ronda, donde cada uno pueda escucharse, entonces el espacio para contar (desde historias personales hasta cuentos) cobra una importancia que vas más allá de las palabras: es comunicación, vínculo afectivo, es soñar e imaginar con los otros.
En el espacio del silencio, la palabra tendrá otro valor. Nos permite volvernos mejores críticos literarios y abre el espacio de la lectura, compartida o a solas.
Centro de ese espacio, el contador va dibujando un círculo mágico donde tanto él como los que escuchan se entregan a un juego y el cuento empieza a llenar ese espacio.
“El espacio del silencio”: una propuesta de trabajo
Desde pequeña siempre me gustó escuchar y prestar atención a los relatos de ficción o de la vida real. Luego, como docente, concentré mi atención en aquellos que nuncan hablaban y en aquellos que siempre tenían algo que decir y comencé a realizar juegos en ronda que me permitieran conocer un poco más de cada uno y me di cuenta de que a veces algunos chicos no hablaban por timidez, o por no tener nada que decir, o porque cada uno tiene su tiempo para elaborar sus ideas.
Mi preocupación – que cada uno tuviera su voz – me llevó a redoblar mi atención y mi escucha con todos y la escucha de los alumnos entre sí.
Y así surgió el espacio del silencio.
Ejercitar un silencio interno permitía la valoración de la palabra. Y fui instalando dentro de la actividad del taller literario, una ronda previa a la actividad, donde cada uno podía contar lo que quería. Ese espacio de escucha permitió generar confianza entre los integrantes y valoración de la palbra de cada uno. La palabra rotaba, y en el caso de no querer hablar, cada participante disponía de un tiempo de silencio. Así algunos chicos podían pensar con tranquilidad qué querían contar y los que no querían hablar tenían su espacio de silencio que ningún otro podía ocupar. Ejercité mi escucha y mi actitud paciente al aprender a aplacar mi ansiedad ante el vacio porque no sucedía nada y sin embargo sucedía mucho.
Compartiendo la experiencia
Comencé esta experiencia de “el espacio del silencio” en el año 1988 con niños de siete a doce años y adolescentes de catorce y quince años. En un encuentro, Carolina, una adloscente de quince años comentó: “qué importante es tener un espacio para decir lo que uno piensa sin que nadie te haga preguntas; valoré la palabra pero sobre todo el silencio”.
En 1991 trasladé estos talleres a los Cursos de Capacitación Docente y desde 1994 los incorporé en el asesoramiento a los docentes de varios jardines de infantes. En los jardines, la palabra fue la protagonista que atravesó todas las actividades que planificaban para los chicos – plástica, expresión corporal, música – aunque, paradójicamente, yo había llamado al proyecto “El espacio del silencio”
Sugerencia para “El espacio del silencio”
Maestra que escucha, en estado de alerta. (Se recomienda llevar un pequeño anotador para registrar). Las maestras jardineras están habituadas a crear rondas, pero a veces éstas se transforman en un hábito rutinario. Propongo crear en ellas un espacio de juego con la palabra y el silencio:
  • Estar atentos a los comentarios de los niños, que siempre son muy buen material para conocerlos y abrir posibilidades de exploración en su lenguaje y sus intereses. Tomar registro de sus conversaciones, detectar lo que piensan sobre determinados temas.
  • Crear un personaje imaginario o un títere que vaya acompañándolos en la ronda, cada vez que les toca su turno para hablar o para hacer silencio. Este personaje puede acompañarlos cada vez que se narre un cuento; es importante crear la escena, es decir que ante el cuento se instale la magia. El misterio de lo que va a suceder siempre capta la atención y también el humor. La poesía del absurdo, los trabalenguas, son buenos juegos que preparan a los maestros y a los chicos para instalar la comunicación.
  • Crear el grupo de los chicos cuenteros: así como en la ronda cada uno cuenta situaciones cotidianas, también se puede abrir el espacio de narrar ficción, en forma individual. Puede ser el relato del libro que sacó de la biblioteca y le leyeron en su casa, o también puede ser de su invención.
  • Crear una historia en grupo, con registro de la maestra.
  • Armar una caja donde se guarden poesías y canciones de la tradición oral que les transmitan en sus casas. Esto permitirá una revalorización del matertial literario que trae cada niño, un acercamiento entre el niño y sus papás, una presencia a través del material de la familia en la escuela.¿Cómo?. Toda vez que se pueda crear en algún momento del dí un espacio para el juego con la poesía donde no falte el misterio.
  • Armar una caja donde se guarden breves relatos: anécdotas de juegos de los papás cuando eran chicos; anécdotas de cuando ellos eran más chiquitos. Esto cumple el mismo objetivo que el punto anterior. Siempre es recomendable que la maestra tambien se incluya en esta propuesta e incluya algún relato.
  • Dibujar personajes en pequeños hojitas, con los que luego se juegue a crear historias.
  • Armar cajas con palabras: 1) feas; 2) largas; 3) maravillosas; 4) lindísimas. Luego jugar a sacar palabras con las que se creará una historia.
Una reflexión final
Nochebuena
Cuenta Eduardo Galeano en el Libro de los abrazos (3) que Fernando Silva dirige el Hospital de niños, en Managua. Fernando no es cualquier médico, dice Galeano, porque él cuenta con todo el cuerpo, y no sólo con palabras, y puede convertirse en otra gente o en bicho volador, o en lo que sea, y como médico para curar prefiere las hierbas antes que las pastillas, pero antes que las hierbas él prefiere su propia mano porque él cura tocando y contando, que es otra manera de curar.
Una vez, en víspera de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.
Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo quedaba en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón: se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra lo reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso.
Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano:
-       Decile a … - susurró el niño. – decile a alguien que yo estoy aquí -.
Cada vez que leo este relato no puedo dejar de conmoverme. Un niño solo, esperando la muerte que no es ficción y adulto capaz de tocar con sus palabras.
Cuando una tarde Eva (no la de Adán) preguntó a sus alumnos: -¿ y ustedes saben qué es un cuento? -, dos pequeños grandes filósofos de 3 años contestaron. Uno dijo: “es como soñar”, y otro dijo: “ es como la vida”, mientras el resto preparaba el teatro de los cuentos, que consistía en poner sillas como en el tearo y luego uno de ellos leía o contaba.
Y sí, es como soñar, es como mantener los sueños vivos, los propios y los ajenos. En ese encuentro entre el sueño del que narra y el del que  escucha surge un relato que empieza a cobrar vida, toma cuerpo y se instala en otra dimensión como si ambos se trasladaran en una misma alfombra mágica.
Pero este acto tan obvio, tan humano, como es el de abrazar con un cuento, a veces es difícil de sostener, pero no porque a los chicos no les interese escuchar cuentos, sino porque no terminamos de comprender ese acto mágico ni el territorio de la infancia, y a veces, o muchas veces, nuestra cabeza no puede dejar de conectarse con la realidad, - la nuestra, no la delos chicos-, y entonces nos estrellamos con la alfombra mágica.
Un maestro que cuenta, y que sabe escuchar, “toca” con sus palabras. Un maestro que sabe escuchar, que está atento a lo que sucede, es un maestro creativo que puede conducir fluidamente la actividad, desarrollando la curiosidad, el interés por buscar.
En su silencio da confianza, todo el cuerpo se compromete pàra entregar y recibir, su silencio contiene. El cuerpo todo escucha al otro y entonces el otro siente que su palabra tiene peso, que es escuchado y mirado con la mirada del alma.
Referencias bibliográficas
(1)    BACHELARD, Gastón (1993): La poética de la ensoñación. Fondo de Cultura Económica, México.
(2)    LA ROSA,Juana (1992): “La narración como vínculo y complicidad”, en Con este sí con este no. Compilado por Ruth Mehl. Ediciones Colihue, Buenos Aires.
(3)    GALEANO, Eduardo (1989): El libro de los abrazos. Editorial Catálogos, Buenos Aires.


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Juana La Rosa , es Narradora Oral. Premio Pregonero a Narrador Oral 1997. profesora del Curso de Capacitación Docente en Educación por el Arte y Asesora literaria de los Jardines de Infantes del Instituto Vocacional de Arte. Integra la Comisión Organizadora de los Encuentros Internacionales de Narración Oral. Narra en el Museo de Arte Español Enrique Larreta, en el ciclo “La palbra como arte: visita guiada y cuentos”. Dicta talleres de cpacitación docente en nuestro país y participó en Festivales de Narración Oral en España, Chile, Colombia, México y Cuba.


Artículo publicado: Revista Punto de partida Año 1- Número 3 Mayo 2004

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Licenciada y profesora en Letras Modernas, egresada de la UNIVERSIDAD NACIONAL DE CÓRDOBA.ESPECIALISTA EN LITERATURA ARGENTINA. Especialista en Investigación Educativa. (ISP Joaquín V. González) Especialista en Litertura Infantil y Juvenil (CEPA) Actualemnte se encuentra cursando la Maestría en Análisis del Discurso (UBA) Publicó numerosos artículos y ensayos para diferentes sellos editoriales (Cántaro, Puerto de Palos, Paidos, revistas del ISPEI Sara Eccleston) En el 2012 su blog Entre el mouse y la tiza recibió el PRIMER PREMIO A LOS BLOGS EDUCATIVOS otorgado por la UNIVERSIDAD NACIONAL DE BUENOS AIRES (UBA) A raíz de ese premio fue convocada por distintos medios periodísticos. Durante 2013 el mismo blog resltó ser finalista de dicho concurso. En estos momentos se encuentra abocada a la investigación y la escritura de un ensayo en colaboración con la Lic. Cristina Olliana. Acaba de publicar Y DE PRONTO LA VIDA un ensayo destinada a la Crianza, la literatura y el Juego.

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